Felisberto HERNÁNDEZ
Presentación
Los comienzos literarios de Felisberto Hernández (1902-1964) dan cuenta de un tono peculiar y disidente de la línea narrativa dominante en la primera mitad del siglo XX. Se podría decir que junto a Armonía Somers (1914-1994), como lo señaló Ángel Rama, su escritura vino a conmover el statu quo de nuestra literatura, lo que le valió una lenta incorporación al canon de la literatura uruguaya.
El filósofo y maestro de conferencias Carlos Vaz Ferreira ejerció gran influencia en el novel escritor, con quien interactuaba en las tertulias realizadas en su propia casa del barrio Atahualpa, en las que, según se cuenta, Felisberto amenizaba con música. Con su temprana avidez autodidacta incorporó la impronta filosófica del maestro y la trasmutó en una serie literaria tan original como desconocida en su momento: los llamados Libros sin tapas. Publicados entre 1925 y 1931, descubiertos tardíamente por el público y la crítica son hoy considerados nuestra vanguardia narrativa.
Desde muy joven, en los años veinte, Felisberto comenzó a ejecutar el piano en público, actividad que luego asumió como forma de obtener recursos económicos. Fue ejecutante de obras clásicas y contemporáneas y compositor de piezas musicales propias, de las que se conservan solo algunas partituras. Realizó giras por ciudades y pueblos del interior del país, Argentina y el sur de Brasil, a veces en dupla con su amigo y representante artístico Venus González Olaza o con Yamandú Rodríguez, escritor uruguayo conocido como criollista.
Es por esos tiempos que escribió sus primeros textos. Como pidiendo permiso para entrar en el mundo de las letras, desarrolló una escritura más bien especulativa y filosófica que explora temas y procedimientos que luego desarrollaría. Hoy más que nunca se valoran esos primeros libros, publicados en un gesto que aún conserva un halo de misterio. Son pequeños libros (en formato y cantidad de páginas): Fulano de tal (1925), el único publicado en Montevideo: Libro sin tapas (Rocha, 1929), que le da nombre a la serie, La cara de Ana (Mercedes, 1930) y La envenenada (Florida, 1931). De ese período han quedado más textos que dio a conocer en revistas o permanecieron inéditos y azarosamente preservados.
Todo hace pensar –anécdotas, testimonios, escritura– que Felisberto decidió dedicarse de lleno a la literatura a partir de los años cuarenta. En un principio optó por trabajar con su memoria, desde perspectivas aportadas por la filosofía y la psicología contemporáneas y con procedimientos de la novelística moderna. De allí surgieron Por los tiempos de Clemente Colling (1942), El caballo perdido (1943) y Tierras de la memoria (1944, publicada en forma póstuma). El muy celebrado volumen de cuentos Nadie encendía las lámparas (1947) abrió su escritura a un encuentro más caudaloso con la extrañeza, concebida en situaciones, personajes o en la percepción del narrador.
La obra de Felisberto fue destacada por el escritor español Ramón Gómez de la Serna, deslumbrado por el tono poético de su escritura de la memoria. También fue valorado por escritores como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Augusto Monterroso, que lo reconocieron como figura señera para la renovación narrativa latinoamericana, así como la de Ítalo Calvino, responsable de la edición italiana Nessuno accendeva le lampade (1974) y de la famosa frase «Felisberto Hernández no somiglia a nessuno […]» que figura en el prólogo de esa edición. En Uruguay, desde que la editorial Arca a partir de 1964 y hasta 1974 asumiera la tarea de editar, reeditar y recopilar su obra, su reconocimiento fue llegando en un proceso de largos años, siendo hoy uno de los autores uruguayos más atendidos por la crítica académica internacional.
Lo publicado por Felisberto es solo una parte de su obra. Dejó un amplio volumen de fragmentos escritos en los tonos y maneras más diversos. Acceder a sus manuscritos no es un mero ejercicio de arqueología literaria, sino un camino imprescindible en el intento de conocerlo.